Volver al centro
Hay días en los que el alma se descoloca.
No porque Dios se haya ido,
sino porque dejamos que lo exterior
ocupe el lugar que no le corresponde.
Las preocupaciones,
las tareas,
las expectativas,
el miedo a no llegar…
Todo eso va empujando
hasta que el centro se corre
y el corazón pierde su quietud.
Volver al centro
no es huir del mundo,
es habitar a Dios en medio de él.
Es detenerse.
Respirar.
Recordar que Dios está aquí.
No afuera.
No después.
Aquí.
Cuando vuelvo al centro,
no desaparecen los problemas,
pero dejan de gobernar.
Y en ese lugar interior,
la paz se acomoda
y el alma recuerda
que pertenece.


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