Hay momentos en los que el camino se vuelve monte.
No hay ruido,
no hay respuestas rápidas,
no hay multitudes.
Solo silencio, cansancio…
y una pregunta viva por dentro.
El Sinaí no fue un lugar cómodo.
Fue un lugar de encuentro.
Ahí Dios no entretuvo: reveló.
No exigió: acompañó.
Quizá este también sea mi Sinaí.
No para correr,
sino para escuchar.
No para decidirlo todo,
sino para permanecer.
Aquí estoy.

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