Hay días en los que orar no es hablar.
Es quedarse.
Hay momentos en los que el corazón
no alcanza a formular frases,
pero late.
Y ese latido ya es una forma de oración.
San Pablo lo dice con una ternura inmensa:
cuando no sabemos qué pedir,
el Espíritu ora en nosotros.
No ora desde la perfección,
ora desde la debilidad.
Desde el cansancio.
Desde lo que no tiene nombre.
Hoy no quiero forzar palabras.
Quiero permitir que Dios ore en mí.
Que el Espíritu tome mi latido,
mi respiración,
mi silencio
y lo convierta en encuentro.
Porque la oración más profunda
no siempre suena bonita:
a veces solo es un corazón
que se deja sostener.
2️⃣ ORACIÓN
Espíritu Santo,
hoy no sé qué decir.
No traigo discursos,
traigo mi vida tal como está:
mi latido,
mi cansancio,
mis preguntas.
Ven en ayuda de mi debilidad.
Ora en mí donde yo no sé orar.
Intercede en mi silencio.
Que mi corazón sea tu casa.
Que mi respiración sea tu lenguaje.
Que mi fragilidad sea lugar de encuentro.
Amén.
3️⃣ PREGUNTAS DE REFLEXIÓN
¿Qué parte de mí está cansada de “tener que poder” incluso en la oración?
¿Dónde necesito permitir que el Espíritu ore en mí, sin exigir palabras?
Si hoy mi corazón pudiera decir una sola cosa a Dios, ¿cuál sería?


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