Hay momentos en los que Dios no acaricia…
toca.
Y no siempre toca lo bonito.
A veces toca la herida.
Esa parte que has evitado.
La que no quieres recordar.
La que aprendiste a cubrir para poder seguir.
Y entonces incomoda.
Porque cuando Dios se acerca,
no lo hace para rodear el dolor…
lo atraviesa.
Jesús hizo barro.
Lo puso sobre los ojos del ciego.
No fue inmediato.
No fue limpio.
No fue cómodo.
Fue un proceso.
Así obra Dios muchas veces.
No siempre llega con luz directa.
A veces comienza en lo oscuro.
En lo confuso.
En lo que no entiendes.
Porque antes de iluminar…
quiere sanar.
Y sanar implica tocar lo que duele.
Tal vez hoy estás en ese momento.
Donde algo se está moviendo dentro.
Donde no todo está claro.
Donde sientes incomodidad.
No huyas.
Puede que no sea confusión…
puede que sea Dios trabajando.
Porque cuando Él toca,
no es para herir más.
Es para devolver la vida.
🌿 Para reflexionar
• ¿Qué parte de mi vida he evitado mirar?
• ¿Qué herida sigo cubriendo para no sentir?
• ¿Estoy dispuesto a dejar que Dios toque lo que duele?
• ¿Prefiero evitar el proceso… o sanar de verdad?
Oración
Señor,
tú conoces mis heridas.
Sabes lo que escondo
y lo que me cuesta enfrentar.
A veces temo que tu luz
revele lo que duele en mí.
Pero hoy quiero confiar.
Toca mi interior.
Sana lo que está herido.
Y dame el valor de no huir
cuando estés obrando en mí.
Haz de mi fragilidad
un lugar de encuentro contigo.
Amén.
No salimos del desierto…
👉 el desierto empieza a dar señales de vida.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario