domingo, 15 de marzo de 2026

Cuando la luz incomoda

 



Hay oscuridades que no están en los ojos.

Están en el alma.

En la forma de mirar.

En la resistencia a aceptar lo que Dios quiere mostrar.

El Evangelio de hoy nos presenta a un hombre ciego de nacimiento.

Un hombre acostumbrado a vivir en tinieblas.

Un hombre que no conocía la luz.

Y, sin embargo, quien termina viendo con más claridad no es el que parecía saber más,

ni el que hablaba más de Dios,

ni el que se sentía más correcto.

El que termina viendo…

es el que se deja tocar.

Jesús no solo le devuelve la vista.

Le abre un camino.

Primero hay barro.

Después obediencia.

Luego agua.

Y finalmente luz.

Así obra Dios muchas veces.

No siempre ilumina de golpe.

A veces comienza tocando la herida.

A veces pasa por el barro.

A veces nos pide caminar todavía sin entender.

Y ahí está lo difícil.

Porque queremos claridad sin proceso.

Queremos luz sin dejar que Dios toque lo que duele.

Queremos ver… pero sin cambiar.

Los fariseos, en cambio, tenían los ojos abiertos y seguían ciegos.

Veían el milagro, pero no reconocían a Dios.

Escuchaban el testimonio, pero no aceptaban la verdad.

Miraban, pero desde el juicio.

Desde el miedo.

Desde la soberbia.

Y esa ceguera es más profunda.

Porque hay una oscuridad que no nace de no saber.

Nace de no querer ver.

Tal vez hoy el Evangelio no solo pregunta qué heridas tienes.

Tal vez pregunta algo más hondo:

¿Quieres realmente ver?

Porque ver de verdad cuesta.

Ver de verdad derrumba excusas.

Rompe seguridades.

Desinstala.

Confronta.

La luz de Cristo no solo consuela.

También revela.

Revela lo que escondes.

Lo que justificas.

Lo que no has querido mirar de ti.

Pero solo quien se deja iluminar

puede comenzar a vivir de otro modo.

Hoy Jesús sigue pasando.

Sigue viendo lo que otros no ven.

Sigue acercándose al que vive acostumbrado a su sombra.

Sigue untando barro.

Sigue enviando al agua.

Sigue abriendo ojos.

Y quizá hoy el milagro no sea recuperar la vista…

sino dejar de huir de la luz.


Para reflexionar

¿En qué área de mi vida sigo viviendo a oscuras?

¿Qué verdad me cuesta mirar de frente?

¿Estoy dejando que Jesús toque mi herida… o me defiendo de su luz?

¿Tengo ojos abiertos, pero corazón cerrado?

¿Quiero realmente ver… aunque eso me obligue a cambiar?


Oración

Señor Jesús,

tú conoces mis cegueras.

Sabes cuántas veces camino sin mirar de verdad,

cuántas veces me acostumbro a la sombra

y cuántas veces temo que tu luz revele lo que escondo.

Toca mis ojos.

Toca mi interior.

Haz barro con mi fragilidad si es necesario,

pero no me dejes vivir lejos de tu claridad.

Llévame al agua que limpia.

Ábreme a la verdad.

Y dame el valor de ver,

de aceptar

y de dejarme transformar por ti.

Que no tenga ojos abiertos y alma cerrada.

Que pueda reconocerte como luz en mi camino.

Amén.


Haz silencio… y permite que Cristo abra tus ojos.

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